Enriqueta odiaba los días fríos. En realidad, odiaba caminar sin nadie que le diera la mano, o un beso. Esas parejitas no son conscientes del daño que le hacen a la gente sola. "Solitaria", se corrigió. Todos le decían que no era demasiado tarde para encontrar a alguien. ¿Era?
Sin hacer caso a estos pensamientos, que ella misma consideraba estúpidos, Enriqueta salió a dar una vuelta. Después de todo, a los hombres les cansaba ese ritual femenino de ver vidrieras. En el hipotético caso de que ella tuviera uno que la acompañara, claro.
Se paró en una vidriera. Uno de los sacos, bien entallado, verde militar con botones dorados, la dejó absorta en un remolino de pensamientos extraños. No había podido soportar la presión de ocupar el lugar de otra. Nunca supo hasta dónde ella era ella, y no Ella. Nunca supo bien cuáles eran los huecos que llenaba, las sombras que ocupaba. Pero Su olor se sentía tan fuerte, en su piel, en sus ojos, era tan exasperante. A veces no sabía si sentirse víctima del tiempo, o asumir que todo eso era su culpa. Una asquerosa culpa que nunca sabría cómo corregir.
No podía ser su culpa. ¿O sí?
Siguió andando. Las zapaterías siempre la hacían sentir mejor. Colores, formas extrañas. Animal print. Cosas que ella nunca usaría -¿las usaría Ella?-. Vio unos zapatos rojos de charol, la punta triangular. El taco largo y fino, por el que caía una lágrima. Len-ta-men-te. Sí, era el zapato.
Una ex, otra ex, pero no La. Ahora la vi, a la actual. A la actual de mi ex. Tampoco llenará esa sombra maldita.
Para algunas mujeres no es tan divertido salir a ver vidrieras.
(escrito hace dos años)