sábado

Ella con su

Sonrisita de pequeño burgués decadente. Ropa prolijamente gastada. Las suelas lisas, resbaladizas. El universo subterritorial de cosas de segunda mano, a veces yapadas, que hacen de su vida un patchwork de miseria mal disimulada.
Le avergüenza el sudor malévolo, el olor de su piel. Tiene callos en las manos y en los pies.
No se sabe bien quién es, pero siente que vive de prestado, que nunca le darán lo que quiere. Nadie sabe, ella no sabe, no puede procurárselo, quizá ese algo no exista.
Y sólo camina y transcurre y camina y piensa y sonríe, en un ciclo que continúa al infinito, en un ciclo que odia tanto como esas camionetas que amenazan con atropellarla cada mañana. Es un ciclo infeliz.
Ella mira al cielo y espera. Eso que la haga caminar de una vez hacia el otro lado.

Traveler


Cuando Oliveira vuelve a Buenos Aires, deportado, se reencuentra con su doppelgänger. Traveler, hombre iluminado que trabaja en un circo y vive encerrado en su matrimonio o en el conventillo.
La mayor tristeza de Traveler es no conocer otra ciudad que aquella que camina. Maldita ironía la de su nombre, que le recuerda como un látigo la mala suerte.
Para mí, la cárcel es Tucumán, para otro Buenos Aires, para otro París.
Uno siempre quiere más de lo que tiene. Si es inteligente, quiere además ser lindo. Si consigue un trabajo que le gusta, pretende encima que sobre la plata y el tiempo.
Y uno no siente que lo miran como quisiera, pero siempre queda esa foto en blanco y negro en la que se puede imaginar el pasado vivo y el presente muerto.

martes

Desayuno estival


Era ver su cara si volteaba a la ventana, el reflejo del vidrio que develaba la figura. La mano tomando el asa, asaz, el sorbo de café. Poner la tacita en el plato inundado. El mordisco de medialuna vieja enjabonada en almíbar. Las servilletas infectas tocadas por miles de manos. El vaso cilíndrico mal lavado con soda caliente.
Y así.
Las moscas paseando de mesa en mesa, fórmica brutal salpicada de negro, buscando el perfume dulzón de alguna vieja. Sillas de lata, tres palos en el respaldo y sin las tapitas de las patas. Grich, griiich sobre el piso grasoso de color indefinible. Y yo solo, del otro lado del vidrio, con la camisa pegada a la espalda. Yo solo, mirando tu bigote lleno de migas y café, refrescado con soda. Sin poder probarte jamás porque ahora tengo que entrar y decirte "qué hací, chango", "cuándo jugamo a la pelota con el Yoni".
Y así.

miércoles

La Bitácora con fritas Nº 5!!!


Junto a la resaca del Día de la Primavera, llega nuestra revista alcalina y reconfortante: La Bitácora con fritas Nº 5, versión digital.

Bajala aquí: http://rapidshare.com/files/283543563/La_bitacora_5.pdf
(primero hacer clic en "Free user" y luego, en la página que se abre, clic en "Download").
O entrando a nuestra página: www.labitacoraconfritas.com.ar

Si te gustó, por favor difundila (¡gracias!).

Buena vida y feliz, feliz Telekino para todos!

Puliditos


Hace 40 años que se separaron pero siguen sonando (y ensoñando). Qué lindo que se les haya ocurrido remasterizar gran parte de su obra y lanzarla hoy 9/9/9 (más datos haciendo clic aquí y aquí).

lunes

Findematográfico

¿Qué tal si nos dejan de vender el cuentito de que todo se puede lograr?

Este fin de semana aprovechamos una promo del videoclub, pirateamos y fuimos al cine (junto al momentáneamente emo Guo).
Todas las películas que vimos tenían su lado oscuro. Algunas no tenían otro lado, digamos.
Voy a hacer un torpe comentario de cada una... ¿Para qué? No sé.


American Splendor (2003) es un documental ficcionalizado que cuenta cómo Harvey Pekar, un empleado común como cualquiera de nosotros, cambia su vida y deja su rastro en el mundo escribiendo guiones de historietas. Claro, se los dibujaba el creador de Fritz the cat, así cualquiera.
Conclusión: basta con tener una mirada propia para llegar a la realización personal.
Cashback (2006) cuenta la historia de Ben, un estudiante de arte que se pelea con su primera novia y desde entonces no puede dormir. Con 8 horas extra en su vida (qué ojete), decide trabajar de noche en un super. Ahí descubre que puede manejar el tiempo con su cabeza ("3 minutos" es un afano!). Me pareció bastante divertida, lamentablemente al final cae en obvios clichés.
Conclusión: hacé como que te gastaron una broma frente al director de arte de una galería y te harán una muestra de la re puta madre. Pero bue, al menos el título de advierte que después de la tormenta siempre sale el sol (vómito).


Días de perro (2001). No sé qué querrá decir Hundstage pero seguro que no "Días de perro". Se narran por lo menos 5 historias paralelas, que transcurren durante una ola de calor en Austria. Algunas se cruzan, pero no es la clave de la cuestión. Si ciertas películas argentinas les parecen sórdidas, vean ésta y cambiarán de opinión. Rápido se pasan las ganas de ir de mochileros a Europa. Destacable el trabajo de fotografía.
Conclusión: la vida es una mierda.



Crazy (2005). Película canadiense, hablada en francés. Trata de un chico que lucha gran parte de su vida por definirse como hetero o gay. La historia está bastante bien contada. El tema, la banda sonora y lo audiovisual te salvan de decir: "va derecho a Hallmark".
Conclusión: comé papas fritas con tu viejo que, tarde o temprano, aceptará que salgas del closet.

El secreto de sus ojos (2009). Obra maestra de Campanella. Un jubilado de Tribunales intenta escribir una novela sobre un caso de homicidio que lo impactó en su juventud. Van sucediéndose los flashbacks, que incluyen alusiones a la dictadura.
Un trabajo audiovisual impecable y la trama, ¡SÍ SEÑORES!, sorprende al final. No pude dormir anoche.
Conclusión: enamorate de tu jefa, que en 30 años te va a dar bola.


Mi ranking Cosmo sería este:
1- El secreto de sus ojos.
2- Cashback.
3- Días de perro.
4- Empate entre las otras dos.

jueves

Enriqueta en un mundo fémino

Enriqueta odiaba los días fríos. En realidad, odiaba caminar sin nadie que le diera la mano, o un beso. Esas parejitas no son conscientes del daño que le hacen a la gente sola. "Solitaria", se corrigió. Todos le decían que no era demasiado tarde para encontrar a alguien. ¿Era?
Sin hacer caso a estos pensamientos, que ella misma consideraba estúpidos, Enriqueta salió a dar una vuelta. Después de todo, a los hombres les cansaba ese ritual femenino de ver vidrieras. En el hipotético caso de que ella tuviera uno que la acompañara, claro.
Se paró en una vidriera. Uno de los sacos, bien entallado, verde militar con botones dorados, la dejó absorta en un remolino de pensamientos extraños. No había podido soportar la presión de ocupar el lugar de otra. Nunca supo hasta dónde ella era ella, y no Ella. Nunca supo bien cuáles eran los huecos que llenaba, las sombras que ocupaba. Pero Su olor se sentía tan fuerte, en su piel, en sus ojos, era tan exasperante. A veces no sabía si sentirse víctima del tiempo, o asumir que todo eso era su culpa. Una asquerosa culpa que nunca sabría cómo corregir.
No podía ser su culpa. ¿O sí?
Siguió andando. Las zapaterías siempre la hacían sentir mejor. Colores, formas extrañas. Animal print. Cosas que ella nunca usaría -¿las usaría Ella?-. Vio unos zapatos rojos de charol, la punta triangular. El taco largo y fino, por el que caía una lágrima. Len-ta-men-te. Sí, era el zapato.
Una ex, otra ex, pero no La. Ahora la vi, a la actual. A la actual de mi ex. Tampoco llenará esa sombra maldita.
Para algunas mujeres no es tan divertido salir a ver vidrieras.

(escrito hace dos años)

Inlighting the pus

Cuando el delgado haz de luz ingresaba (en determinado ángulo), a través de la fina piel que aguantaba la pústula de su boca, iluminaba la pus áurea y un reflejo dorado, envolvente y total resaltaba las costras, y luego su rostro, y luego el mundo.

sábado

Pregunta

¿Habrá una persona que no sea ridícula?

viernes

Para el pueblo lo que es del pueblo

porque el pueblo se lo ganó