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martes 27 de diciembre de 2011

2011: te tiendo puentes de oro, aunque ojalá no vuelvas


La confirmación la dará el paso del tiempo, pero creo que 2011 va a parar al podio de mis peores años junto a 2003.

Empezando con la remake argentina de "Ocean's Eleven", conocida como "La gran dejada". Los primeros meses estuve boqueando como pez fuera del agua. Aunque no sé si una comparación tan seca sea adecuada, considerando la cantidad de lágrimas que dejé en la almohada (miles de ácaros murieron ahogados).
El drama tuvo su segunda parte. Y una tercera. Todas con un desenlace poco elaborado, brusco. Fueron finales silenciosos. Y esos, sin duda, son los peores.
Una frase quedó. Una línea famosa como "You talkin' to me?". En "La gran dejada 3", el protagonista dijo: "Cómo tendrás el alma podrida de soledad que, siempre que te llamo, estás".

Volví a trabajar en aquel lugar del que me había ido ofendida, pensando que más valía morirse de pie que vivir arrodillada. Sin embargo, en la práctica, morirse de hambre no fue tan divertido. Creo que perdí un amigo por tenerlo tan cerca.

También intentó estrangularme la novia de un tipo al que no vi en los últimos cinco años. Como para que vean que no todo obedece a planes divinos ni tiene algún sentido ulterior en la Historia.

Llegando a julio y presintiendo mi cumpleaños hasta en los pliegues del pomo de dentífrico, me propuse encontrar a alguien con quien pasarlo. Pésima idea. Me obnubilé con un personaje, se me engrasaron los lentes, mi ego -que ya convalecía- quedó en coma 4.

En consecuencia, después de agosto volví a la psicóloga. Me preguntaba: "por qué te sentís así". No sé, madre, por algo vine. Después de unos análisis de rutina, ella concluyó que yo estaba deprimida porque tenía 1% de anemia. Me dijo que, si seguía tan negativa, me iba a "entrar el coludo". Yo no sabía que así también le decían a esa invención que es el diablo.

No tan ficticio habrá sido porque, días después, me encontraron tremenda endometriosis, que hizo que mis ovarios alcanzaran "el tamaño de dos cabezas de bebés recién nacidos" (dijo el médico, para mi tranquilidad). Luego de dos meses de espera, me operaron por primera vez en mi vida, bajo la solemne promesa de volver a hacerlo en algún punto, puesto que la enfermedad es incurable (¡yupi!).

Mientras, a pesar del dolor físico y psicológico que implica enfrentarse, así derecho, sola, a la muerte, a lo fungible de este cuerpito tan maleable que me dio la naturaleza, mi corazón se las arregló para enredarse en otras ilusiones, expectativas de algo imposible, realmente inverosímil, pero tan bien fundamentado que daba bronca. Todo se deshizo en algo más fino que la arena. Y no me digan que soñar no cuesta nada, porque cuesta vida.

La experiencia de la cirugía me movilizó. No sé quién dijo que la muerte de un ser querido te saca un velo de los ojos, solamente por un tiempo. Del mismo modo, quedé expuesta ante mi miedo y mi debilidad. Ahí apareció una amiga, la primera que tuve en el jardín de infantes y que aún ahora es una de mis personas preferidas. Le conté que tenía miedo de que eso que sentía se esfumara y al fin no sirviera. Me contó que estaba haciendo unos cursos de respiración y meditación, y me llevó. En eso estoy todavía, trabajando en ser feliz todos los días.

Pensé: "mierda, en 2011 me pasó todo, TODO". Y, a pesar de eso, no ansiaba que se fuera, como me ha pasado con tantas otras cifras vanas. Una última escupida tenía para darme.

El 23 de diciembre murió mi abuela Jazna, que venía agonizando hace mucho. Se fue nomás, sin entender dónde estaba y quién la acompañaba. Se fue nomás y la pusieron en un cajón finito, que le sobraba por todos lados. Ahí estaba su cuerpo, con la boca abierta, los labios metidos sin la resistencia de la dentadura. No vi más que esa boca abierta que se tragaba el universo. De nada sirve todo lo que estamos haciendo en este momento, ¿se dan cuenta? Te morís y ya nada importa, nada existe.

Más no se puede decir. Ni se puede volver atrás el tiempo para cambiar las cagadas que nos mandamos. O recuperar la dignidad que perdimos, enceguecidos por la febrilidad de alcanzar una puta ilusión que nos diera un poco de paz cada día. No. No somos nada y por una vez las viejas tienen razón.

No nos queda otra que dejar ir lo que ya no nos pertenece -entiéndase: todo lo que no sea este mismísimo instante fugaz en el que somos y estamos- y ser felices.



* El título viene del dicho: "a tus enemigos tendeles puentes de oro". Por esa idea de que el dolor es un maestro.